Una reflexión sobre la ciudad inteligente
Alfonso Ballesteros Soriano. Profesor Permanente Laboral. Universidad Miguel Hernández
El proyecto de ciudad inteligente (smartcity) constituye el intento de aplicar de forma sistemática el análisis de datos y las herramientas matemáticas a la organización de la vida social. En este modelo la ciudad se concibe como un sistema optimizable cuyo objetivo principal es aumentar la innovación y la eficiencia colectivas. Gracias a tecnologías digitales ubicuas, capaces de registrar en tiempo real los movimientos, interacciones y decisiones de los ciudadanos, sería posible conocer el funcionamiento social con gran precisión y actuar sobre él de manera inmediata. Alex Pentland, profesor del MIT, es un destacado partidario de la ciudad inteligente.
Este autor propone que, mediante la recogida masiva de datos (smartphones y tarjetas de crédito, fundamentalmente) y su análisis, se pueden identificar patrones de comportamiento, anticipar decisiones y orientar conductas a través de pequeños incentivos. La ciudad se transforma así en un entorno dinámico que responde continuamente a la información generada por sus habitantes, singularmente a través de los datos de movilidad generados por los smartphones. Con este proyecto se mejoran aspectos como el transporte, la salud o la educación.
El objetivo más importante de la ciudad inteligente, para Pentland, es la innovación. Así, el éxito de una ciudad se mide por la rapidez con la que circulan las ideas, el aumento de la productividad o indicadores como el crecimiento económico a través del PIB. Las relaciones humanas adquieren relevancia en la medida en que contribuyen a estos objetivos. Bajo esta lógica, se priorizan valores como la eficiencia, la seguridad y el rendimiento colectivo y este autor considera que será posible, en particular, controlar con eficacia las pandemias gracias a este proyecto urbano.
Sin embargo, a pesar de sus ambiciosas promesas, este modelo plantea importantes interrogantes. ¿Deben subordinarse las relaciones humanas a estos objetivos? ¿Deben desecharse ciertas relaciones por ineficientes? La aspiración de lograr una sociedad perfectamente armonizada mediante datos y algoritmos resulta difícilmente compatible con la complejidad y conflictividad propias de la vida humana. Además, parece cuestionable que los problemas sociales y políticos puedan resolverse de forma definitiva mediante soluciones técnicas y pretendidamente asépticas. Priorizar la innovación, por ejemplo, frente a otros valores, es tomar posición política sobre lo que es bueno socialmente.
En definitiva, aunque el uso de datos puede aportar mejoras puntuales e importantes en la gestión urbana, es ingenuo pensar que los problemas urbanos podrán resolverse de forma definitiva mediante los mismos. Y todavía más problemático resulta presentarlos como la única respuesta racional en cuanto política municipal se refiere. Es necesario equilibrar este discurso de la smartcity con una reflexión explícitamente ética que preserve los fundamentos de una sociedad justa y libre.